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Al norte del sur., Spain
En el norte del sur del centro del mundo, no hace frío, ni calor. Se podría decir que se está bien, aunque el clima no es confortable. Dejémoslo, no obstante, como está; por si las moscas.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Zángano

La colmena es un hervidero constante, un zumbido persistente, un no parar; un desastre. Con tanto ruído aquí no hay quien sueñe.

Mis amigos me lo tienen más que dicho: el mundo es un campo de flores tienes olfato tienes vista tienes alas qué más quieres. No te sienta nada bien andar por ahí fantaseando. Te trastorna, te entristece; te alicae. A estas alturas no dudo que tengan razón; quiero decir ¡cómo decirles que están tan equivocados! Con lo benditos que son, los obreros.

Yo también soy un obrero. Disidente de solemnidad; despistado, desencantado, ausente. Sólo ansío el momento de poder escaparme al tiempo libre y ponerme mi disfraz de zángano. Para poder respirar, para poder soñar, para poder vivir; para nada.

De ninguna manera podría dudar a estas alturas que ellos tenga razón. Además, cómo decirles...Por cierto, hablando de razón; me tendréis que perdonar, pero ando algo enajenado, sin poder parar de darle vueltas, mareado, con un poema que estoy intentando escribir para la abeja reina.

Seguro que no me sale.

A ver... "A un panal de rica miel..."


miércoles, 26 de noviembre de 2008

De plata y oro

Bonito contraste.

Vaya por delante que no pienso hablar de toros para nada. Hablaré más bien de tópicos; típicos, pero entrañables. Memorables, algunos. La idea comenzó ya a tomar cuerpo nada más subir al avión, donde todos apreciamos al instante que no se trataba de una compañía sueca, pongamos por caso. Aunque tampoco va a ser mi intención tirar de esos hilos.

Es cierto, por otra parte, que el motivo del viaje no fue otro que tomar la alternativa en la Maestranza. Y la tomé, sí señor, por dos veces. Pero convendría matizar; pues lo hice muy bien arropado por otros noventa subalternos y, no tanto, por un maestro que, la verdad, no se arrimó ni por equivocación y, además, ya venía apodado de antemano como el ambisiniestro. Aclarar también, por si las dudas, que me refiero al teatro, no a la plaza. Que ignoro si llegaríamos a cortar alguna oreja pero estoy seguro de que alguna desquiciamos; y que el paseillo fue a deshoras. Íntimo. En solitario.





Digamos que mi alternativa alternativa era algo más mundana, y bastante más arcáica. Tuve suerte: tuve tiempo. O lo supe aprovechar, torear, paralizando segundos, por no perder un detalle de mi bautismo en un paisaje urbano que resultó no estar tan lejos del mío; en un aire que huele muy parecido a mi aire, en una luz que recuerdo exacta a la del día en que abrí los ojos. Bueno...más o menos. Y recorrí, absolutamente perdido, encandilado, callejuelas de Triana. Crucé el río, que es un mar, por todos los puentes. Seguí adelante, desechando los romeros y los fairos que me asaltaban al paso (ni que tuviera pinta de ario, ¿o será de pardillo?); llegué por fin, no sin cierto aturdimiento botánico (no penséis mal, que os veo) a encontrar la sombra que buscaba. Y ahí me quedé un buen rato, recostado en un banquito de piedra, cara a cara con Gustavo Adolfo; a quien, a juzgar por lo visto ¡ole!, no le faltan flores frescas a diario; y se respira mejor, ¿no es verdad, paloma mía?...Uyss, me he cruzao. Y es que el elemento este no paraba tampoco, como es natural, de rondarme a cada paso. Pero esa ya me la sé: con no saludar...Ingrata desilusión la posada del Laurel, claro. Aunque no sus aledaños.

Pero lo mágico, mágico (ando hoy reiterativo), y ahora viene lo del título, fue que, como quien sigue naranjos, me hallé, sin duda abducido por mis jefes, transportado de milagro a la más increible puesta de sol que mis ojos trashumantes pudieran haber jamás contemplado:

 
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Efectivamente. El cielo es de oro y el mar es de plata. Ésto, para quien no lo haya adivinado, es Cádiz.

Por la noche tenía que volver a justificar la epopeya, claro; en el teatro Falla. Pero de eso ni me acuerdo. Me quedé colgao en esta alquimia fronteriza; diaria, según afirman, de plata y oro. Colgao de un horizonte curvo, extenso; sin más sostén que el Atlántico. Y, al otro lado, América.


lunes, 24 de noviembre de 2008

Sal morejo

Aparta esa ropa de invierno que te has traído y colócate la camisa satinada; sí, la negra. Échate el pelo hacia atrás y apaga la luz; y vete, que es de noche y el aire canta por primaveras.

Venga, no te quedes ahí pasmado, cataplasma. Asómate a la ventana. Ahí abajo se suceden dos hileras de naranjos que conducen al mar, que es un río; sólo tienes que sumergir los pies en una esquina y ya ellos te llevan nadando, mientras tú te puedes dedicar a ir contemplando los portales, los patios, los balcones, las terracitas y, cuando menos quieras darte cuenta, ya has subido y has bajado, y has vuelto a salir a esta plaza, esta vez por la derecha; o no era la misma plaza...Y hace rato que tus pies no van nadando y tu piel está bañada en risa. No está nada mal para ser un miércoles cualquiera.

- ¿voy bien por aquí?

- Tira tó pa`lante y cuando empiezes a oler a incienso es que vas por buen camino.

- Vale, muchas gracias.

Lo que no me ha dicho es lo de las boñigas; pero sí, parece ser que voy por buen camino. Porque igual que los naranjos (aquí no hay alamedas) conducen a la mar, que es el río; las boñigas conducen, al final, a los caballos, que son los taxis. Y ahí, en la parada, no te cortes un pelillo y mira de golpe pa`rriba. Porque una cosa es la luz y otra cosa será la iluminación; pero ésto que estás viendo ahora es La Giralda. Una Giralda nocturna de un noviembre cualquiera.

Y contigo quería yo hablar, mire Usté. Que aunque estoy cansado y mareado de dar vueltas no por eso dejo de admirarme, de admirarte; y yo sé que tú, Giralda, me vas a entender. Que he venido a confesarte el por qué de mis desvelos. El por qué de qué de que ande por aquí, solito, a estas horas. Por qué yo sé que tú sabes que me he equivocado de ciudad, de hora y también de monumento.

Y por qué, éso, no importa.


miércoles, 19 de noviembre de 2008

De viaje.

 
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Esta noche duermo en Sevilla.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Volver a la cripta...

"He trabajado bien, puedo estar contento de lo hecho. Dejo la pluma, porque anochece. Ensueños del crepúsculo. Mi mujer y mis hijos están en la habitación contigua, llenos de vida. Tengo salud y dinero suficiente. ¡Dios mío, que infeliz soy!

...se me ocurre que es volver al enrejado epistolar de los huertos pusilánimes, a los ríos huérfanos de orilla, a las mareas opacas sin mar que les ladre o, aún más cerca, aquel oasis sin luna que se quedó tatuado para siempre en una servilleta de papel...cuadriculaaaaadoooo (¡Ahí tú, Noi!)... A la tarde soleada en que se declaró el diluvio universal. Al corazón arrugado, adiastólicamente frágil, que tapona los desagües de un arritmado poema incandesgente; a los camellos hambrientos de una sequía perenne, y severamente húmeda.

Se me ocurre de repente que volver a la cripta es volver a no volver. Volver a ninguna parte. Se me ocurre, sin embargo, que a pesar de todo esto (o quizá más bien por ello) ocurre; sigue ocurriendo. Volver a la cripta no es menos sencillo que volver a quedarse quieto; aunque resulta más rudo, más unánime, y algo más atribulado de roer.

Pero no se trata al fin y al cabo, se me ocurre, de volver. Ni mucho menos (jajá) de precipitarse. La cripta y yo lo intuimos; aunque no lo declaramos.





¿Pero qué estoy diciendo? No soy infeliz, no he dejado la pluma, no tengo mujer, no tengo hijos, ni habitación contigua, no tengo dinero, no anochece."
"Bartleby y compañía" ENRIQUE VILA-MATAS


Valga todo una canción



lunes, 3 de noviembre de 2008

Cafesito de noviembre

Siempre he sentido una debilidad especial por este bar. Una especie de atracción malsana, como de andar al paso, de visita; al tiempo que una intensa sensación, una antagónica euforia que me moviera a querer acomodarme, saboreando la certeza confortable de no tardar en volver. Me pregunto si será por este tufo característico, impecable, mezcla de soledad y matarratas, que transporta mi pituitaria a la desolación viscosa de mi última celda. Ahora vengo de la calle, de la lluvia, y entro y salgo cuando quiero.

El local está casi vacío a estas horas. La eterna cerillera milenaria, artículo de inventario, inmóvil en su rincón como estatua de cera. Tres tristes espectros de tigre trasnochado, de mirada congelada, uno a cada extremo de la barra y otro en medio; hipnotizados por el supuesto fulgor de su penúltima copa, como si fuera a saltar de repente un conejito, una paloma. Dos avezados halcones noctámbulos porfiando encrucijadas que obligen a retrasar su inapelable retorno a casa. Todo sigue igual que siempre. La vieja gramola ronronea impertinencias melancohólicas. La humedad se adhiere al alma. Sam, camarero octogenario, cojo y presumiblemente mudo, se desliza ceremonial de un extremo a otro de su olimpo, no sin cierta agilidad de viejo púgil, sin emitir el más mínimo sonido; como si fuera nadando o, más bien, buceando. Y es el momento en que comienzo a sentirme no en un bar, sino en una maldita suerte de pecera descomunal, poco habitada...Medianoche de café en nuestro rincón secreto.

Yo he llegado mucho antes, como siempre. Ella llegará tardísimo, presurosa y agitada, de fregar la última cloaca. Se desplomará en su taburete, contra la pared; reventada y distante, como siempre. Distante y cálida -un minuto- pedirá. Lo justo para sobreponerse y abasallar sin disimulo el más mínimo coraje que le permita encender la mecha de su rumiado monólogo. Ahora debe estar, probablemente, deshaciéndose en datitos, sin solución ni cabida a la esperanza; mientras yo callo, y hago como que escucho. Contemplo; me resbalo de mi silla, y me caigo y me levanto. Contemplo, me vuelvo a sentar; sigo contemplando. Escucho. La creo; y también me desespero. Hace pocos meses que salí; y nos estamos viendo a hurtadillas de vez en cuando. Se aviene a regañadientes a mis ruegos esporádicos; fuera de ésto sabe bien que nunca la llamo. Sé que no puedo, no debo; no le vayan a partir...en fin, por mi culpa. Me doy cuenta de que ella nunca llama. Pero viene. Siempre llega...medianoche subversiva y desleal de una sangre escacharrada.

Bueno. Terminado el cafesito, en apenas media hora mal robada, saltará, horrorizada, como alma que lleva al diablo. Espetándome un concienzudamente ártico -mi marido, el pobre, ya sabes- beso volado en la frente; un par de -¡Ay, los niños, si los vieras!- de billetes arrugados en el bolsillo de mi -sólo puedo darte ésto- americana. Y saldrá, llena de empuje -no me llames, por favor- por esa misma puerta por la que entró, hace apenas un ratito, derrotada.

Yo me quedaré mi tiempo, a sorber como se escapa. Desertando de mi vida y de su vida; desertando de la vida hacia delante.

Hasta el próximo café. Quizá te llame para navidades, hermanita.











 
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sábado, 1 de noviembre de 2008