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En el norte del sur del centro del mundo, no hace frío, ni calor. Se podría decir que se está bien, aunque el clima no es confortable. Dejémoslo, no obstante, como está; por si las moscas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Primavera durmiente

O cuando una palabra vale más que mil imágenes.







 
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"Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos"


NERUDA


 
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lunes, 2 de marzo de 2009

La conjura de los necios

CURRICULUM VITAE (al estudio de un consenso óptimo)



Carga genética: Predador.

Antecedentes: Masacres varias.

Estado actual: Ausencia de ideal.

Orden social: Eso no se pregunta.

Memoria histórica: Abducida.

Potencial afectivo: Privado.

Capacidad de estímulo: Óptima, pronta, agresiva. Asaz.

Tendencia política: Reconocible.

Profesión: Candidato.

Valor conceptual: Demócrata.

Tesis: Entre todos ganaremos y pondremos orden; por este orden.

Resultado de la encuesta: El pueblo responde. Por lo menos la mitá.

Futuro: Predecible.

Moraleja: "Partiendo de la nada.......................". Marx.






No os perdáis el desarrollo de los temas, después de las repeticiones. A partir del 03:50.

Es puro Dostoyevsky.

O Picasso.




domingo, 22 de febrero de 2009

MASCARADA

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a quitarme el disfraz de Juantenorio. Quiero decir: los pantaloncitos abombados, los escarpines; el raído corpiño de felpa, los leotardos prestados; la txapela con pluma y la espada.

Hoy, que es carnaval, me mueve una urgencia loca de quedarme en pelotas e invitar a todo el mundo a mi casa; para ver si soy capaz de reconocer a Doña Inés, luz de donde el Sol la toma, aunque venga disfrazada de monjita.

La fiesta es en mi casa. Sí, esa casa lúgubre, enorme y deshabitada que hoy abre sus puertas hasta que salga el sol por donde quiera.

¡Oh, benvinguts!


lunes, 16 de febrero de 2009

16 F




A la una y media en punto miró de reojo a ambos lados y apagó el ordenador. Dos segundos más tarde ya se había encerrado en el lavabo. Se afeitó, se perfumó y guiñó un ojo pícaro al espejo mientras se acababa de ajustar el nudo de la corbata.

El hotel, como todo en su ciudad, quedaba cerca de la oficina; así que se lo tomó con tranquilidad dando un pequeño rodeo. Era un lunes luminoso de invierno y los álamos del Bulevar exudaban un enervante aroma a primavera anticipada, bajo un sol de regalo. Tuvo tiempo aún de entretenerse por los puestos de flores del mercado; escogiendo, de entre todo un estallido de color, ese solitario ramillete de violetas.

Como tenía previsto, llegó a la suit el primero. Abrió todo de par en par y se asomó a la bahía. Desde el balcón la divisó a lo lejos, sorteando diligente la muchedumbre de cuerpos que a esa hora atascaba el paseo. ¡Como para no distinguirla!, sonrió: Un vestido rojo muy corto, ajustadísimo; medias negras y zapatos rojo chillón de un tacón desacostumbradamente alto y, rubricando el conjunto, unas gafas de sol enormes con montura roja; colgando del brazo, una extemporánea cestita de mimbre prestaba un toque campestre al cuadro, como si de una perversa Caperucita se tratara. A un suspiro por delante, la sonrisita inquieta de los labios, rojamente perfilados, parecía delatar expectativas de un sin fin de besos urgentes, esperando a ser robados.

El primero, atropellado y breve, la recibió en la misma puerta, como intercambio a las flores. El segundo, algo más dialogado, le supo a salvoconducto para que él accediera a la cestita, cargada de esquisiteces. Comieron de picnic sobre un mantel a cuadros; se rieron como adolescentes recordando el día en que se conocieron y brindaron con champán, disimulando una sonrisita socarrona al constatar en sus respectivos anulares el pálido surco que delataba presencias ocultas de oro. Tuvieron tiempo, pero no se desnudaron. El baño era de lujo, pero ni entraron. Se olvidaron de abrazarse, pero no les importó. Tras el penúltimo beso recogieron trastos y se fueron, cada uno a su trabajo.



El resto de la jornada se hizo interminable, entre taquicardias y hormigueos. Como de costumbre, él llegó a casa tarde. Del cuarto de baño emanaba un vapor perfumado que se entreveraba con un canturreo plácido, un arrítmico chapoteo entrecortado. Los niños estarían ya durmiendo. Fue a besarlos.

Se deshizo a trompicones de la ropa y corrió a sumergirse en la bañera, donde lo esperaba su mujer entonando cantos de sirena; hasta el cuello de agua tibia, perfumada con pétalos de violeta.





domingo, 8 de febrero de 2009

JALEA IRREAL

 
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No se trata de escalar el Everest. Los más bravos y heroicos pechos ya se han partido el alma a golpes de hielo y roca para alcanzar la cumbre más alta. Y una vez allí, el mundo a sus pies y los pulmones bañados en cielo, estirarse de puntillas todavía y dar saltitos de impotencia para comprobar que la luna se mantiene igual de inalcanzable. Aún más redonda, más fría, más lejana si cabe; aún más clara.

Tampoco parece una buena idea hacerse astronauta. Más allá de la atmósfera-matriz se detiene el segundero y la existencia se reduce a una etérea suspensión entre monstruosos relojes congelados en la nada. De qué sirve entonces alcanzarla, alunizarla, pisarla, habitarla; si te encuentras atascado al borde de un parto interrupto, abrazando un siniestro cordón umbilical sintético y gritando desconsolado a esa hermosa bola azul que gira sobre sí misma: ¡MAMÁÁÁÁÁÁÁ.................! ...nada de eco.

Y mucho menos se trata de zambullirse desnudo en el lago Titicaca, donde la inmensa esfera de plata no es más que un reflejo que se ablanda y se dispersa, huye, al cortar la superficie del agua; para volver al instante a recomponerse, intacta. Mientras, uno continúa su viaje a contra fuelle, empecinado, sumergiéndose más y más tras el rastro de esa diminuta perla blanca que brilla en el fondo, para acabar comprendiendo, demasiado tarde, que no tiene nada de selenio. Que es puro calcio y se parece demasiado a su propia calavera.

No. No se trata de nada de esto. Es más, no hace falta ni salir de casa.

La jalea irreal no es real, como su nombre indica; pero es jalea, y jala. Apenas se requiere un poquito de constancia y un mucho de fantasía. A la luna hay que pescarla sin que quiera darse cuenta. Si yo lanzo un hilo por mi lado, y tú lanzas otro hilo de tu lado, tal vez Ella se vaya dejando poco a poco engatusar; vaya cediendo en altura y regalando en distancia. El secreto está en no dejar de hablarle, de cantarle a dos voces; aunque éstas no estén del todo sincronizadas, Ella, la luna, las percibirá desde su tiempo con ese mágico efecto del estéreo atomizado y se sentirá más arropada y por lo tanto más dócil, más confiada.

Sólo entonces, cuando al fin se vea, sin querer, aterrizada, y pose su inmensa mole reluciente sobre mi ventana, te convidaré a mi messenger, para festejar contigo esta dulce luna llena conquistada. Y entonces sí, día a día, iremos entre los dos poco a poco, tarde a tarde, vaciándola.

A besos. A sorbos de noche y alba.



Claro. Y después, nos operamos.


martes, 3 de febrero de 2009

EL BESO ( síndrome tripolar )

-PRIMAVERAS

Marta es una pesada y una asquerosa. Ya es bastante rollo tener que sentarme a su lado en el pupitre pero, encima, se me pega siempre en el recreo como una lapa y no me deja almorzar tranquilo. Yo me aguanto y le sigo la corriente porque ya sé que la pobre se gusta de mí. No es ningún secreto; las gemelas Hurtado que son sus mejores amigas lo han largado por toda la clase, y nos señalan con el dedo y se ríen como idiotas.

Pero está arreglada Marta si se cree que me voy a hacer su novio. Es simpática y muy lista y me ayuda siempre en los quebrados, pero no me gusta nada; es un palo de escoba con trenzas y tiene la frente llena de granos. Yo cuando se pone tonta y me dice cosas raras sólo tengo ganas de salir corriendo.

El martes se pasó de la ralla y yo me fui y la dejé ahí plantada. Nada menos que le dio por chupetearme los morros y al mismo tiempo me puso la mano ahí ¡PUAJJJ qué asco! Corrí a lavarme los dientes pero no se me quitó ese gusto a chicle del aparato que lleva en la boca.

Desde ese día no me mira. Y yo tampoco le hablo porque estoy mejor así. Además no pienso perdonarla hasta que se me cure este dolor de tripa.



--LOS VIEJOS ROCKEROS NUNCA MUERDEN


Nano, no veas qué rollo más chungo con la pava esta. Me pilló baja la guardia el día que se me ocurrió sentarme a su lao en la autoescuela. Me ha cogido una querencia que no hay manera de salir solo al descanso a tomarme mi birrita con panchitos. Yo la invito, claro; uno es un caballero y además canta a colgá que no veas. No te lo pierdas que somos el culebrón de la peña y hasta hay un par de amigas monguis que nos miran con cara de borrego degollao.

Pero lo tiene claro esta piba si se piensa que se va a salir con la suya. Y no es que lo lleve mal, qué va, ya te digo yo que si no fuera por ella no acabaría ni un test; pero si la vieras, es una jirafa y además no tiene tetas. Se le ve a la milla que me quiere arrinconar contra las cuerdas.

El otro día saltó la liebre. Aprovechando que estábamos solos en el descansillo le faltó tiempo pa meter mano a la pana y enchufarme el pico como un calamar. A mí ¡te imaginas! Pero yo, controlando, me sequé los labios con la manga de la chupa y la dejé allí tirada.

Estos días anda un poco rara, como alucinada. Pero yo como si nada, castigando. El marrón es que la miro y me acuerdo de aquello. Ná, dos salivazos. Pero se apodera de mí un muermo que me veo yo que suspendo otra vez el teórico.


---ME LO DECÍA MI MADRE

Cuando uno va levantando cabeza siempre llega alguien que lo desbarata todo. Y esa idea tan macabra de intercalar por sexos las habitaciones; claro, le tenía que tocar a mi lado precisamente a ella, pared con pared. Así no hay quien duerma. Menos mal que hay pestillo. Lo peor son las comidas; ya de entrada yo procuro madrugar más que nadie para llegar al desayuno el primero, pero aún no me he sentado y ahí viene ella, bandejita en mano y con una sonrisa fresca que a saber que aviesas intenciones esconderá. No hay duda de que me persigue, pero al fin y al cabo somos compañeros de cursillo y no tengo más remedio, no vaya a tomarme por un mal educado, que invitarla a sentarse conmigo. El grueso del grupo no tarda en aparecer. Y hay que ver las sonrisitas socarronas, y las maldades que pueden estar susurrándose al oído.

Aunque ella no me conoce. No sabe con quién se la juega. Bien es verdad que se la ve especialmente dotada para esto del marketing (lo que me da que pensar quién me mandaría a mí meterme en estos berenjenales) y, puestos a sufrir, no pocas habilidades y recursos aprendo con su charla; aunque carezca de su frescura, casi diría descaro, ni pueda lucir un talle tan agresivo. Y digo agresivo porque me apunta a mí, directamente.

Pero hasta ahí podíamos llegar. La otra noche, con la excusa de prestarme un libro muy famoso sobre la inseguridad y cómo darle la vuelta se coló en mi habitación. Tonto de mí, cuando me pude dar cuenta ya la tenía encima, babeándome la cara y buscando no sé qué por mis bolsillos. Por fortuna me pude fajar de un brinco y correr al primer lugar seguro que se me ocurrió: su habitación. Y ahí me encerré con pestillo.

Ahora ella duerme en mi cama y yo sobre su alfombra. Pero lo peor es que aquí todo me recuerda el incidente, y no logro apartar de mí ese salvaje tufillo de mi agresora. Lo que está claro de momento es que no podré atreverme a cruzar esa puerta hasta que empiece a beneficiarme de los efectos de la medicación; a la que me he visto obligado a volver a recurrir.




Existe una cuarta versión, pero resulta tan vulgar que mejor me la callo. Porque, como dijo San Agustín: "Yo soy tres, y estoy en cada uno de los tres por completo.".

O eran dos......o eran cuatro....O no era San Agustín?...ooooooo....ufff¡qué sueño me está entraaaaaa...aaannn.......nndddzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz



sábado, 31 de enero de 2009

Paisaje interior

Huerto compacto, penumbra leve de clausura. Recogimiento y encierro. Calma.

Sobre la mesilla de noche una lámpara apagada, un reloj de pulsera y un viejo metrónomo de pirámide coronado azarosamente con unas medias de seda. La tímida voz de un clarinete, garabateando con desgana desde un extremo alejado, se amalgama con el ocre retrogusto de la cera en combustión, confiriendo a la atmósfera una densidad turbia y dulzona, de habitación sumergida. Un raquítico galán de noche aporta cierto toque impertinente, como un esqueleto abandonado al borde de la cama, desde donde se desprende un rumor amortiguado, un opaco ronroneo, como una intangible brisa. Por los suelos, ropa amontonada.

Dos luceros pendulean navegando a la deriva por el largo de la almohada, emergiendo como antorchas de entre una densa maraña; un palpitante amasijo en el que se intercalan hebras de ébano y briznas de paja. Dos pupilas dilatadas que devoran sin espasmo el tenue resplandor que reverbera en los muros, salpicado de luciérnagas desenfocadas levitando sobre racimos de velas que se multiplican al calor de los espejos. Y hay un tímido roce; un sutil mariposeo de pestañas que desprende y desparrama diminutas gotas de lava sobre una frente clara, acrecentada, moteada de estrellitas.

Los párpados son sellados brevemente con un fino lacre de espuma. Una ola de punta afilada desciende en barrena hacia la garganta, celebrando un cráter, hollando pautas en las mejillas alborotadas. Y allí se embisten las bocas, en el delirio balsámico de fundir dos salivas encontradas, pujando por declamar rimas aparatosas en franca guerra poética; groseros endecasílabos cargados de consonantes.

Las rodillas ceden, las piernas se alargan. Una nuca doblegada se deja vencer por la muelle hondonanda del colchón, mientras la otra resbala; cae, girando sobre sí misma, sorteando orografías encrespadas a la busca del anillo de Saturno. Escala lomas y bordea cordilleras, aferrándose a las cumbres con los dientes; pero es inútil, sigue cayendo absorbida por una fuerza centrífuga que le arrastra hacia su vórtice; un centro, una lanzadera de despegue. Plataforma lunar que se acomoda todavía, y se abre a las orugas secantes de unos labios encendidos.

En el techo, mutantes sombras fagocitan los débiles estertores de unas pocas velas moribundas.


martes, 27 de enero de 2009

Subterráneo Dos

Lo he rehecho casi por completo. O, al menos, le he dado la vuelta.

Supungo que será por la influencia de algunos artículos en los dominicales, pero a mí, me gusta más así. Y conste que Poe no tiene nada que ver en el asunto.

¿Qué opinan vuesas mercedes?


Dado como era a crecerse en las adversidades cotidianas, ni se molestó en acelerar el paso para alcanzar el bus. El último bus de la noche, según informaba el cartelito pegado a la marquesina. Eufórico y excitado, recién llegado, se regodeó en la idea, poco plausible, de que nada mejor para conocer la gran ciudad que empezar por sus entrañas.

- Esta noche puede pasar algo - se dijo, dejándose engullir por esa boca de metro que se abría a su paso, misteriosa y lúgubre, como una atracción de feria - ¡ESTA LÍNEA ESTÁ A PUNTO DE CERRAR, OIGAAAAAAA! - . Y sin escuchar, como un niño en la feria, los ojos de par en par, comenzó a sumergirse ufano, semiarropado por una tenue luz amarillenta, firmemente amarrado a las cintas transportadoras de una interminable trama de escaleras mecánicas, a derecha e izquierda; presintiendo poco a poco cómo su proverbial euforia iba a ir perdiendo fuelle, según él iba ganando en profundidad, y en años. Lo cierto es que por allí no se veía un alma y él comenzó a sentirse como la última presa de una descomunal serpiente que tardara demasiado en deglutirlo.

- Parece que el Purgatorio se encuentra desierto a estas horas - sonrió para sus adentros con la ingenua pretensión de distraer un alarmante arrebato de inquietud que venía, sin duda, orquestado por ese ensordecedor zumbido, que no parecía ser otra cosa que el eléctrico tamiz del más absoluto silencio. - Después de todo (siguió, cada vez más alterado) parece que el Purgatorio tiene alma; respira - . - Sí, y transpira, se respondió, a juzgar por los chorritones grasientos que entristecen el obsesivo alicatado minimalista de los muros, que alguna vez fueron blancos -.

- Pero no hay pasadizo que cien años dure -, se resistía a perder los nervios. Y sin duda tras estos últimos peldaños se abre un suelo firme que conduce a una atmósfera más limpia, a una luz más clara; a otro lugar de encuentro en este inmundo hormiguero. A una estación. Pues claro. Tras unos minutos - que le parecieron años - de alucinado descenso, pudo pisar ese suelo que le condujo al andén. También deshabitado.

- Un poco tétrico como lugar de encuentro -, se dijo para entretener el tiempo, que parecía haberse inmovilzado en aquella estación sumergida y solitaria, mientras iba familiarizándose con bellas señoritas semidesnudas y sonrisas excesibas de niños muy bien vestidos; todo mezclado. - A ver...de momento, seres vivos uno, yo. Movimiento de trenes, cero...¡JJJAAAAAAAAAAA!-...La tremenda risotada le devolvió un macabro coral de voces semejantes a la suya.

A punto estaba ya, desesperado, de entablar conversación con las fotos cuando lo sobresaltó la sensación de un rumor lejano; algo parecido a unos chasquidos metálicos, amortiguados, apagados; como provinientes de otra dimensión. Se precipitó agitado hacia las escaleras. Allí, la tenue luz amarillenta había sucumbido a la oscuridad, dando paso a una suerte de ojos rojos, muy inquietantes, que conferían a la caverna una atmósfera infernal. - Éeeeesto yaaa no eeees el Purgatoooorio-...y en lo que dura ese pensamiento ya había trepado, fuera de sí, todo el tramo de escaleras por el que le costara tanto sumergirse hace apenas uno momento; para comprobar, presa del delirio, que sus sospechas no andaban nada mal encaminadas.

A la mañana siguente encontraron, anudadas a la verja de entrada, una flamante armadura y unas alas. Del cuerpo no se supo nunca nada.




 
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sábado, 24 de enero de 2009

Lectura

"Era invierno. Una hilera de bombillas desnudas, desprovistas del menor asomo de tibieza, iluminaba el pequeño andén azotado por el viento. Había llovido esa tarde, y en el edificio de la estación los carámbanos colgaban del alero como los malignos dientes de algún monstruo de cristal."

Árbol de noche. TRUMAN CAPOTE.







Ahí tú.
Yo aquí.
Qué fácil resulta a veces.

De mi incombustible luna se desgajan dignas sombras desoladas
que se impelen a mimetizarse de una en una con los más toscos chaflanes huidizos.
Improbables posibilidades de talar algún árbol perenne, ya de altura descuajado, des-selenizado,
presumiblemente condenadas a claudicar (mis sombras) entre matojos deshauciados de rocío, secamente miserables.

Alto allí yo. Tú siempre aquí.
Còmo sopla el viento en algunas ocasiones.

A la sombra de tu sol brotan capullos a miles de pares
que pujan por airearse al humo sobreseído de las más dulces cloacas.
Prominentes proyectos de juncos flexibles, desamparados, des-arracimados;
reos de una impar amputación que, inconscientes (los juncos), se sometan a esta li-locuaz margarita, impune. Inocente de intemperies.

Y que conste que el viejo reloj de cuco no ha parado de rezar;
algo ajeno, claro; severamente impecable. Doblemente impertinente.

Puede que sea por eso, que me digo yo, que quizá tú, siguas allí.
Que siga aquí, sabes, yo también, por tanto.
Y me digo...que cómo es posible que sea una cosa
tan difícil que es que no pudiera ser de otra manera.

Que sea, sigo diciendo, tan tremendo. Tan terrible, tan hermoso.
Tan moderno, tan sublime, tan gozoso.

Tan asín, tan vinculante.

Tan inútil, desnudarse.




sábado, 17 de enero de 2009

Subterráneo

Dado como era a crecerse en las adversidades cotidianas, ni se molestó en acelerar el paso para alcanzar el bus. El último bus de la noche, según informaba el cartelito pegado a la marquesina. Eufórico y excitado, recién llegado, se regodeó en la idea, poco plausible, de que nada mejor para conocer la gran ciudad que empezar por sus entrañas.

- Esta noche va a pasar algo - se dijo, dejándose absorber por esa boca de metro que se abría a su paso, misteriosa y lúgubre, como una atracción de feria - ¡ESTA LÍNEA ESTÁ A PUNTO DE CERRAR, OIGAAAAAAA! - . Y como un niño en la feria, los ojos de par en par, comenzó a sumergirse semiarropado por una tenue luz amarillenta, firmemente amarrado a las cintas transportadoras de una interminable trama de escaleras mecánicas, a derecha e izquierda; presintiendo poco a poco cómo su proverbial euforia iba a ir perdiendo fuelle, según él iba ganando en profundidad, y en años. Lo cierto es que por allí no se veía un alma y él comenzó a sentirse como la última presa de una descomunal serpiente que tardara demasiado en deglutirlo.

- Parece que el Purgatorio se encuentra desierto a estas horas - , sonrió para sus adentros con la ingenua pretensión de distraer un alarmante arrebato de inquietud que venía, sin duda, orquestado por ese ensordecedor zumbido, que no parecía ser otra cosa que el eléctrico tamiz del más absoluto silencio. - Después de todo (siguió, cada vez más alterado) parece que el Purgatorio tiene alma; respira - . Sí, y transpira; a juzgar por los chorritones grasientos que entristecen el obsesivo alicatado minimalista de los muros, que alguna vez fueron blancos.

- Pero no hay pasadizo que cien años dure -, se resistía a perder los nervios. Y sin duda tras estos últimos peldaños se abre un suelo firme que conduce a una atmósfera más limpia, a una luz más clara; a otro lugar de encuentro en este inmundo hormiguero. A una estación. Pues claro. Tras unos minutos - que le parecieron años - de alucinado descenso, pudo pisar ese suelo que le condujo al andén. También deshabitado.

No dejó de agradecer, sin embargo, una súbita expansión de sus pulmones, algo pegajosos ya; como si se encontrara de repente ante un refrescante paisaje montañoso. De hecho, ni siquiera pudo resistirse al impulso de lanzar un berrido, de naturaleza abominable, que hubo de conformarse con una suerte de eco, repetitivo y siniestro. Fue entonces cuando se vio, ya desquiciado, convertido en lo que era; el hombre de las cavernas. Un especimen rupestre transportado a través de los siglos que, tal vez, pudiera seguir distrayéndose en decorar las piedras con recreaciones, asombrosamente realistas, de chicas semidesnudas y niños sospechosamente alegres, junto a sus padres. Y bolsos, y botellas de colonia. Y reclamos de un concepto extraño, llamado euro.

En eso parecía andar, repasando fotos con la yema del índice ensalivada, como si pintara, cuando se le apareció de pronto un tren, sin hacer el más mínimo ruído, en el andén opuesto al suyo. Un tren rebosante de agua, como una enorme pecera llena de mamíferos hinchados y ahogados. Agua que fue derramada en la estación al abrir sus compuertas, y adiós muy buenas, para seguir, sin ruído, su camino.

Agua que dejó el patio lleno de cadáveres. Pero que trajo consigo un curioso animalillo vivo, superviviente, nunca visto por él pero sí adivinado. Una sirena.

Una auténtica sirena suburbana. Que emergiendo el torso de entre el macabro envío y mirándole a los ojos, aterrada, le suplicó en un ilegible idioma, que él, al fin, comprendió:

- ¡¿Dónde estamos?!......... -