En el norte del sur del centro del mundo, no hace frío, ni calor. Se podría decir que se está bien, aunque el clima no es confortable. Dejémoslo, no obstante, como está; por si las moscas.
En este caso, la imagen de mi escritorio, que ya era hora.
Me lo ha recordado Churra (a quien se la dedico) en un delicioso post sobre intenciones olcutas del salvapantallas, con inocentes cosquillas freudianas.
El juego, porque es un juego, se trata de comentar, especulando sobre los diferentes desórdenes (o virtudes) que nos pueda sugerir la contemplación del espejo elegido para mirar a diario por el individuo en cuestión. Y después, claro, colgar el propio.
En mi caso, puedo decir (lo cual podría ser ya un dato) que lo cambio de manera más o menos periódica. Paisajes, normalmente, que tratan de anticiparse a la estación que se avecina...de alguna manera... Y si da frío, pues es normal.
Parece que a Churra no le han hecho mucho caso. A ver por aquí. Ánimo.
Todo va volviendo poco a poco a su ser...replegándose en su propia esencia...
Noviembre.......mes de tránsito a ninguna parte, semejante a un tren varado en vía muerta; mientras nosotros, viajeros atónitos incansables, contempláramos detenidos desde dentro los furiosos azotes de una estación anacrónicamente madura. La lluvia vuelve a ser la de siempre, ya no finge. Ya hace rato que dejó de jugar a hacer filigranas y arabescos tibiamente sobre el cielo, y cae recio. Una lluvia muy vasca, como decía Baroja.
Vuelve la soledad a los hogares, a los corazones desvalidos, a las manos deshabitadas. La noche se anticipa. Vuelve, sin embargo, esa vieja pasión, más sentida que pensada, que hace temblar las entrañas ante la proximidad inexorable del invierno. Vuelve el amable paisaje otoñal, lleno de amarillos y ocres, colores suavemente requemados; sereno goce melancólico de paisajistas andarines solitarios...manto extenso de montañas pobladas de helechos, de hayas, de robles que dejaron pasar las voluptuosidades del verano...y se recojen en sí mismos...abandonados...a la espera...
Siempre vuelve en otoño el sentimiento de espera. Un deseo inconfesado de que el tiempo no avance; se detenga acobardado como aquel pajarillo aterido y tembloroso que perdió su nido, desorientado y sin fuerzas para piar; que se nos incrusta de golpe en el pecho, en el vientre, en las manos, en los muslos...en el alma. Esa sensación atemporal de mágica irrealidad que invade estos montes cada año.
Y volvemos a preguntarnos qué somos, quiénes somos, confundidos entre el sueño que dormimos y el que vivimos despiertos. Vuelve a anegarnos el cuerpo la memoria; esa memoria indefinida, caprichosa y vasta que es la nostalgia. Quizá la avasalladora imagen de esa belleza perdida...que se fue y aún se echa de menos...Y retornamos...volvemos...siempre volvemos a nuestro ser en otoño.
(Grabación casera: al piano Manolito, a la viola Doentercera y al clarinete, Misántropo.)
Última noche; alegre y tumultuoso colofón de la gran epopeya. Hermandad y agotamiento, jolgorio, compañerismo a toro pasado, fiesta. Compadreo sin reservas, yo a tí te he visto en algún lao, pues si quieres te la tarareo otra vez, Samantha. Alboroto, borrachera y arrabal. To er mundo eh bueno. Una pica en ultramar. Un generoso abanico, mira qué suerte, de opciones a reincidir.
Mañana bajaré, mal que me duela, temprano (a desayunar junto a vosotros. Ni por un puzzle del mapa de El Dorado me pierdo yo el despediros, coleguis; medio caído en la escalinata del hotel, haciendo así con la mano. Con los ojos escarchados y la boca abierta a tres buses repletos de mi gente, rumbo a sus casas. A mi espalda, todo Buenos Aires, pa mí solito ¡Como no vuelvas te mato! je je, éso mismo me pregunto yo en este momento. Pero no, que me tengo que comprar una chaqueta, y un sombrero, y una bufanda, y contarlo); pero esta noche me voy con vosotros, a festejar el milagro compartido y a llenarme los bolsillos de sonrisas derrochonas, de entrañables voces, de apretones, y de manos. Y saltándome de nuevo, con más ilusión que estupor, las leyes más elementales del método cronológico, os hago aquí una reseña.
Claro que uno, gato viejo (curarse en salud, o prudencia) no se aventura esta noche con la rama más salvaje de este colectivo trashumante; optando más bien por un grupo ya tirando a granaíto, tipo "qué bello es el mundo", sección cultureta-gastronómico-espiritual. Y tanguero, claro.
El café Tortoni es uno de esos lugares mágicos donde el tiempo juega a dejarse jugar contigo, en un perderse y volver casi simultaneo, dentro de un paréntesis amplio y abigarrado, pero abrigado. Desde luego, está el espectáculo, del que nadie sale igual que entró. Pero lo mejor es deambular; dar cuatro vueltas para ir al baño, y volver, despacio, por otro camino. Nadie va a andarte con prisas. Porque dicen que a los porteños les gusta mucho "quedarse"; y aquí, curiosamente (yo diría milagrosamente) los horarios no están a la mano de un zapatero o un (y por qué no te callas) asno.
Puedes elegir menú. Quiero decir, hay mesas con nombre propio. Y si apetece tomarte un te, mientras alguien te susurra un cuento al oído, no tienes mas que sentarte en la mesa Borges; y escuchar. Pero sin dormirte, ya que las guitarras que vienen de la mesa Lorca están hoy por soleares. Y si te cansas de todo, y te da por olvidar, también puedes ahogarte un rato, la mar de alfonsino, en el rinconcito Storni. Nadie va a decirte nada. Porque hasta los camareros, tirando a desenfocados, que hacen como que vienen, tienen el decoro de no llegar.
Pero bueno, estamos en esta noche, en la que me toca el lujo de poder estar, a un tiempo, solo y acompañado. Y aquí se puede. Yo diría incluso que resulta asombrosamente fácil.
Me quedo con el recuerdo de esta imagen, en la que un plácido Misántropo (antes de adquirir el look porteño) y un radiante Manolito, parecen disfrutar de lo lindo de no se sabe muy bien qué.
Y paso a centrarme en mañana. Que hoy es ayer. Pero ahora ha sido siempre. Y qué más dará.
"Dichoso mes, que empieza por Todos los Santos y acaba por San Andrés". refrán de mi madre, de mi abuela, popular
La vida a caballo se escuda, se estrena y se entrena, en la bienaventuranza. Pergaminando de ternura, año tras año, entre sobresaltos, bienvenidas y hastaluegos, mecanismos de defensa; texturando racionales almohadas de pudor, para acunar distancias insondables.
Luego viene el tiempo a decidir cuándo fosiliza los abismos.
"y entristeces de pronto como un viaje" Neruda
Un domingo siempre puede ser peor. De regreso...sin ir más lejos.
Llegar a casa; tu casa. Al atardecer; de noche. Y cambiar urgentemente (diálisis incontricta) tu sangre escarchada por el agua calentita del radiador; para poner el alma en conserva, se me ocurre...Se me ocurre que la depresión es una patología, un estado; tiene cura. Pero hay que convivir con la tristeza.
Ojalá hubieras conseguido aficionarme al Deporte Rey; sí señor, me consta que lo intentaste. Quizá así podría, esta tarde, apasionarme con algo; sentirme vivo, por nada.
Sin embargo, y a tí también te consta, me hiciste un regalo mucho mejor; incomparable. Inyectaste en mis genes y en mis ganas el amor a la música. Y, por tanto, a la belleza.
Sigue ahí, manteniendo su rango, agonizando, a su bola. Ajeno.
Sin embargo hay quienes no desesperan de intentar ajustarlo, quizá apretarle las tuercas; y claro, cuanto más se empeñan, más se despeñan.
Hoy es, según dicen, su día. Será seguramente por éso, por celebrarlo, que se han propuesto hacerlo madrugar, otra vez. Y bueno, Él (que inventó el concepto) madruga primaveral, todo chulo, esta noche, la más larga del otoño, donde menos se esperaba que lo haga. Y así de paso nos vuelve a aclarar que lo realmente largo (ancho, bajo, cabe) del Domingo no es la noche, sino el día: la tarde. Esa hora tonta de la tarde que se instala desde que amanece, y acaba por definir la propia esencia del domingo, dure lo que pase. Hoy, con luz rabiosa; aquí, donde menos se la espera.
O sea, que el jet-lag que se avecina es nuestra suerte. Y esa enorme y macabra mueca, más coloraota que lunática, que aquí nos llega todavía casi llena, y nos regala a destiempo, no es otra cosa que su amigable, y cómplice, declaración de no-intenciones.
Ésto, ya se sabe, pasa todos los otoños; y uno, a fuerza de octubres, se lo va viendo venir...Y haciéndose como que se acomoda.
Al aparato, Haydn. Todo el rato.
Y yo, sin descolgar. Intentando querer no darme cuenta de que, a veces, el infierno no son los demás.
(*) El título es "Plano Tridimensional". Aunque no lo parezca. (da la impresión de que blogger anda hoy un poco indio)...en fin, como si nada.
A lo que voy:
Son palabras que, me hago cargo, a duras penas podrían darse amigablemente la mano. Desde luego mi colega el del espejo no mira con demasiado optimismo mis esfuerzos por acomodarme el sombrerito, a punto de ser adquirido con toda la ilusión del mundo. Me replica a cada movimiento, llevándome abiertamente la contraria. Se diría que lo pasa bien.
Pero es el colmo. Si se me ocurre ladearlo ligeramente a la izquierda él acaba ya de hacerlo a la derecha, insinuando una sonrisita maliciosa que da al traste con las pocas ganas que tengo yo de sentirme nada Bogart. Si es al revés, lo contrario. Responde puntualmente a mi sensación creciente de ridículo extemporáneo, sin la menor contemplación; alcanzando ya tesituras de escándalo en el momento en que me da por ensayar un look más relajado, tipo cow-boy, doblando el ala hacia atrás y dejando totalmente despejada la frente y sus aledaños. La estridente carcajada resuena al unísono, automática. Por el contrario, si opto por alisar la visera y encasquetármelo hacia delante, me escatima el gesto por completo; limitándose a dejar suelto el vertiginoso fuelle de su abdomen saltarín, y algo budista.
Es la mía. Tengo el tiempo justo para aprovechar la inercia que eso siempre le produce para probarme, en privado, esa preciosa americana de piel tan suave, verde caimán oscuro, putísima, que me ha hecho frenar en seco a dos palmos de la vitrina; y me ha obligado, como un semáforo, a pasar al interior de la tienda. Vaya, no es nada cara, pero seguro que no me está...Sin embargo ¡ay, máquina de los horrores! aún contra todo pronóstico (ahora que mi alias no me ve) yo diría que me queda como un guante...Ahí el espejo empezó a no saber qué cara ponía. Me faltó tiempo para aprovechar el lapsus y enredarme en el cuello esa hermosa bufanda de terciopelo; y escapar, de un salto, del probador, repudiando a divinis mi espejo, con todito el lote puesto.
-¡Che, le quedá bárbaro!-
...esa voz ligeramente ronca pero tan cálida me da la bienvenida al mundo de los sueños, justo un segundo antes de echarme, amablemente (a ver ¿me permitís?) las manos a la garganta:
-¡Pero noooooooooooo! Así todo el mundo va a pensar que sos europeo. Dale, yo le muestro-
Y en un plís-plás (como un toque de barita mágica), me imprime percha en los hombros, me hace una especie de nudo corredizo en la bufanda, que me hace sentir encorbatado pero no ahorcado y me deja maravillosamente tocado con mi nuevo sombrero...Insisto, magia. Educado, y agradecido, que es uno, hago ademán de estrecharle la mano a tan.....inconmensurable señora, cuando me interceptan dos sonoros besazos al tiempo que aprendo, sin apenas darme cuenta, que lo fundamental del tango es pillarle al pivote la cadencia.
Pago con Visa, que curiosamente, es aceptada. Y salgo con lo puesto, de riguroso estreno; plano, como el que soy, absolutamente abierto a la alegría de esta inmensa ciudad tridimensional.
He de confesar que aún me queda un poso de probador. Pero allá penas: Sólo hace falta esperar a que salga la luna, y será todo ferpecto.
...hay quien asegura que se puede escuchar, en un momento determinado de esta "pieza", el sonido de las olas retrayéndose de la orilla de la playa... ¡Anda ya!